miércoles, 28 de marzo de 2012

HUMANO, DEMASIADO HUMANO.

5.

Mala compresión del sueño. En las épocas de cultura rudimentaria y primitiva el hombre creía que en el sueño conocía un segundo mundo real; este es el origen de toda metafísica. Sin el sueño no se habría hallado ningún pretexto para la escisión del mundo. También la escisión en alma y cuerpo guarda relación con la más antigua concepción del sueño, así como la hipótesis de una pseudocorporiedad del alma, esto es, el origen de toda creencia en espíritus, y probablemente también de la creencia en dioses. “El muerto sigue con vida, pues se le aparece al vivo en sueños”: así se razonaba antaño, a lo largo de muchos milenios.


Comentario.

Sin duda un interesante señalamiento es este de concebir al sueño como la base de toda escisión del mundo en materia/espíritu: el mundo y un más allá (los varios refinamientos metafísicos), el cuerpo y el alma, los vivos y los espíritus de los muertos, los hombres y los dioses.

Si esta escisión no fuese real y debiera concebírsele un origen nada hay más plástico y teatral que el desdoblamiento puesto en juego por la dualidad vigilia/sueño.

Sin embargo, hay una dualidad mucho más fundamental, que desplegada con la suficiente fuerza imaginativa también podría ser la base de esta escisión y son los procesos cognitivos básicos de la vigilia: pensar en algo ausente, cerrar los ojos e imaginar, recorda, planificar, crear, aun más, el delirar por el efecto de una droga, etc.

martes, 27 de marzo de 2012

HUMANO, DEMASIADO HUMANO.

4.

Astrología y afines. Es verosímil que los objetos del sentimiento religioso, moral y estético no pertenezcan igualmente más que a la superficie de las cosas, mientras que el hombre propende a creer que aquí al menos toca el corazón del mundo; se ilusiona por lo profundamente feliz y lo profundamente desdichado que esas cosas le hacen, y así muestra aquí la misma soberbia que en la astrología. Pues ésta cree que el cielo estrellado gira en función de la suerte del hombre; pero el hombre moral supone que lo que esencialmente le ocupa el corazón debe ser también la esencia y el corazón de las cosas.


Comentario.

Se afirmo en el aforismo número 1. que la realidad fundamental de los sentimientos no responde necesariamente a los contornos de nuestra percepción humana.

De que un “gran sentimiento” no era necesariamente una “unidad” de la que nosotros poseemos la medida conveniente y correcta, sino que podría más bien estar conformado por elementos más simples irreconocibles a primera vista, tal y como no percibimos los átomos en nuestros objetos cotidianos.

En este aforismo se sugiere la misma idea pero esta vez haciendo énfasis en la intensidad de los sentimientos:

la intensidad de los sentimientos no garantiza la veracidad de los mismos y por lo tanto tampoco significa que sea una señal de una comunicación privilegiada e inequívoca con el corazón de las cosas, es decir con su realidad fundamental.

Sea lo que sea esta realidad fundamental de lo que sentimos, no gira entorno nuestro pues como realidad fundamental nos desborda sin más, lo mismo que las estrellas no giran en función del destino de los hombres y siguen su propio movimiento.

lunes, 26 de marzo de 2012

HUMANO, DEMASIADO HUMANO.

3.

Estimación de las verdades inaparentes. El distintivo de una cultura superior es la estimación de las pequeñas verdades inaparentes, halladas con método riguroso, por encima de los errores benignos y deslumbrantes que proceden de épocas y hombres metafísicos y artísticos. A las primeras se las recibe con el escarnio en los labios, como si aquí no pudiese haber en absoluto igualdad de derechos entre unas y otros: se muestran tan modestas, sobrias, frugales, incluso aparentemente humildes, como los segundos bellos, brillantes, embriagadores, incluso quizá beatíficos. Pero lo conquistado con esfuerzo, cierto, duradero y por tanto rico todavía en consecuencias para todo conocimiento ulterior, es no obstante lo superior, atenerse a lo cual es viril y denota audacia, sobriedad, templanza. Poco a poco, no sólo el individuo, sino toda la humanidad será elevada a esta virilidad cuando finalmente se habitúe a la estimación superior de los conocimientos sólidos, duraderos, y haya perdido toda fe en la inspiración y en la comunicación de verdades como por milagro. Los cultores de las formas, por supuesto, con su criterio de lo bello y lo sublime, tendrán al principio buenas razones para mofarse tan pronto como la estimación de las verdades inaparentes y el espíritu científico comiencen a predominar; pero sólo porque sus ojos no se han abierto todavía al encanto de la forma más sobria o porque los hombres educados en ese espíritu no están aún ni con mucho completa e íntimamente penetrados por el mismo, de modo que nunca hacen sino remedar inadvertidamente viejas formas (y esto bastante mal, como hace cualquiera a quien no le va mucho en una cosa). Antaño el espíritu no era requerido por el pensamiento riguroso, pues su seriedad radicaba en la enhebración de símbolos y formas. Esto ha cambiado: aquella seriedad de lo simbólico se ha convertido en signo característico de la cultura inferior; así como nuestras artes devienen cada vez más intelectuales, nuestros sentidos más espirituales, y así como, por ejemplo, ahora se juzga lo sensiblemente eufónico de modo enteramente diferente a hace cien años, así también devienen las formas de nuestra vida cada vez más espirituales, acaso más feas a los ojos de épocas pasadas, pero sólo porque éstos no pueden ver cómo el reino de la belleza interna, espiritual, va progresivamente profundizándose y ensanchándose, y hasta qué punto para todos nosotros puede ahora tener más valor la mirada en que destella el espíritu que la más bella estructura o el edificio más sublime.



Comentario.

La irrupción y la consolidación del espíritu científico es para Nietzsche el precursor de una nueva cultura superior que se alza sobre la cultura inferior de los que denomina “enhebradores de símbolos y formas”: los hombres metafísicos y artísticos.

Por lo tanto nos advierte en este aforismo que en ese cambio que necesariamente trastocara nuestro sentido estético del mundo existe un riesgo de perdernos si no nos contenemos lo suficiente –de ahí que vea en esta actitud una afirmación de virilidad por el esfuerzo que implica- pues resulta más fácil aferrarnos a nuestra idea antigua de belleza que abrazar la nueva que puede sernos repulsiva mientras llegamos a comprenderla.

Anuncia que la belleza no descansara ya tanto en las formas, como sí, en una espiritualización de los sentidos: la profundización de la realidad por medio de la razón -la ciencia-.

jueves, 22 de marzo de 2012

(2) HUMANO, DEMASIADO HUMANO.


2.
Pecado original de los filósofos. Todos los filósofos tienen el defecto común de partir del hombre actual y creer que con un análisis del mismo llegan a la meta. Involuntariamente “el hombre” se les antoja como una aeterna veritas –verdad eterna-, como algo invariable en medio de toda la vorágine, como una medida cierta de las cosas. Pero todo lo que el filósofo dice sobre el hombre no es en el fondo más que un testimonio sobre el hombre de un espacio temporal muy limitado. El pecado original de todos los filósofos es la falta de sentido histórico; no pocos toman incluso la configuración más reciente del hombre, tal como ha surgido bajo la impronta de determinadas religiones, aun de determinados acontecimientos políticos, como la forma fija de la que debe partirse. No quieren enterarse de que el hombre ha devenido; mientras que algunos de ellos llegan incluso a derivar el mundo entero de esta facultad cognoscitiva. Ahora bien, todo lo esencial de la evolución humana sucedió en tiempos remotos, mucho antes de esos cuatro mil años que nosotros más o menos conocemos; en éstos el hombre no puede haber cambiado mucho. Pero entonces el filósofo percibe en el hombre actual “instintos” y supone que éstos forman parte de los datos inalterables del hombre y pueden, por tanto, ofrecer una clave para la comprensión del mundo en general; toda la teología está construida sobre el hecho de que se habla del hombre de los últimos cuatro milenios como de un hombre eterno al que todas las cosas del mundo están naturalmente orientadas desde un principio. Pero todo ha devenido; no hay datos eternos, lo mismo que no hay verdades absolutas. Por eso de ahora en adelante es necesario el filosofar histórico y con éste la virtud de la modestia.


Comentario.
El presente aforismo viene a complementar al primero en relación a la definición del nuevo enfoque que Nietzsche promueve para la filosofía: la filosofía  histórica.

En el aforismo anterior se nos llamaba la atención de que la realidad bajo la que se nos presentan muchos de nuestros más caros sentimientos y representaciones no es algo “absoluto” en el sentido de unitario, sino que más bien, es el resultado de distintas composiciones de elementos más simples.

La filosofía histórica como una rama nueva de la ciencia actuaría sobre nuestras representaciones y sentimientos como la química sobre la materia, es decir, facilitando la descomposición, el paso de lo complejo a lo simple. 

La simpleza de los elementos lograda por medio de este análisis viene a ser una especie de proceso de desacralización del mundo: Una liberación de la tiranía de los grandes sentimientos e ideas nacidos del error.

En este segundo aforismo se retoma al filosofar histórico no como la herramienta de crítica de lo absoluto-unitario, sino como una herramienta de crítica de lo absoluto-eterno.

La descomposición de nuestros más grandes sentimientos y representaciones, y con ella; de la concepción que los engloba a todos: “el hombre”, se alcanza a través de la introducción del elemento temporal: el devenir
El paso de lo complejo a lo simple es el reverso de un despliegue en el tiempo. Nada es absoluto porque todo deviene. 

Si bien el concepto de “la historia” era muy antiguo, tan sólo habían transcurrido 19 años de la publicación de “el origen de las especies (1859)” de Charles Darwin y Nietzsche habíase ya apropiado del concepto de evolución; para que unificando los dos conceptos poder llegar a señalar que el hombre no es un realidad acabada, unitaria, absoluta, y metafísicamente sustentada, sino una realidad enclavada en la vida y por lo tanto en constante devenir –en constante formación-.

La mayoría de nuestros grandes sentimientos y representaciones; la teología, la moral, el sentimiento estético, pertenecerían pues, a la historia del hombre de los últimos 4 mil años –datación muy semejante a la que se le da al origen de la escritura-, sin embargo –afirma Nietzsche-, lo fundamental del hombre se ha establecido muchísimo tiempo más allá de ese umbral.

Este es otro gran merito del autor; concebir al hombre como una realidad fundamentalmente construida mas allá de la historia escrita cuando aún el concepto de hominización demoraría bastante en desarrollarse de manera detallada.

El pecado de los filósofos estaría en negar esto –la falta de sentido histórico- y partir del hombre presente como un dato puro e inmutable.

La consigna del “filosofar histórico” propuesto por Nietzsche puede resumirse en sus propias palabras como: 

“No hay datos eternos, lo mismo que no hay verdades absolutas”.