lunes, 26 de marzo de 2012

HUMANO, DEMASIADO HUMANO.

3.

Estimación de las verdades inaparentes. El distintivo de una cultura superior es la estimación de las pequeñas verdades inaparentes, halladas con método riguroso, por encima de los errores benignos y deslumbrantes que proceden de épocas y hombres metafísicos y artísticos. A las primeras se las recibe con el escarnio en los labios, como si aquí no pudiese haber en absoluto igualdad de derechos entre unas y otros: se muestran tan modestas, sobrias, frugales, incluso aparentemente humildes, como los segundos bellos, brillantes, embriagadores, incluso quizá beatíficos. Pero lo conquistado con esfuerzo, cierto, duradero y por tanto rico todavía en consecuencias para todo conocimiento ulterior, es no obstante lo superior, atenerse a lo cual es viril y denota audacia, sobriedad, templanza. Poco a poco, no sólo el individuo, sino toda la humanidad será elevada a esta virilidad cuando finalmente se habitúe a la estimación superior de los conocimientos sólidos, duraderos, y haya perdido toda fe en la inspiración y en la comunicación de verdades como por milagro. Los cultores de las formas, por supuesto, con su criterio de lo bello y lo sublime, tendrán al principio buenas razones para mofarse tan pronto como la estimación de las verdades inaparentes y el espíritu científico comiencen a predominar; pero sólo porque sus ojos no se han abierto todavía al encanto de la forma más sobria o porque los hombres educados en ese espíritu no están aún ni con mucho completa e íntimamente penetrados por el mismo, de modo que nunca hacen sino remedar inadvertidamente viejas formas (y esto bastante mal, como hace cualquiera a quien no le va mucho en una cosa). Antaño el espíritu no era requerido por el pensamiento riguroso, pues su seriedad radicaba en la enhebración de símbolos y formas. Esto ha cambiado: aquella seriedad de lo simbólico se ha convertido en signo característico de la cultura inferior; así como nuestras artes devienen cada vez más intelectuales, nuestros sentidos más espirituales, y así como, por ejemplo, ahora se juzga lo sensiblemente eufónico de modo enteramente diferente a hace cien años, así también devienen las formas de nuestra vida cada vez más espirituales, acaso más feas a los ojos de épocas pasadas, pero sólo porque éstos no pueden ver cómo el reino de la belleza interna, espiritual, va progresivamente profundizándose y ensanchándose, y hasta qué punto para todos nosotros puede ahora tener más valor la mirada en que destella el espíritu que la más bella estructura o el edificio más sublime.



Comentario.

La irrupción y la consolidación del espíritu científico es para Nietzsche el precursor de una nueva cultura superior que se alza sobre la cultura inferior de los que denomina “enhebradores de símbolos y formas”: los hombres metafísicos y artísticos.

Por lo tanto nos advierte en este aforismo que en ese cambio que necesariamente trastocara nuestro sentido estético del mundo existe un riesgo de perdernos si no nos contenemos lo suficiente –de ahí que vea en esta actitud una afirmación de virilidad por el esfuerzo que implica- pues resulta más fácil aferrarnos a nuestra idea antigua de belleza que abrazar la nueva que puede sernos repulsiva mientras llegamos a comprenderla.

Anuncia que la belleza no descansara ya tanto en las formas, como sí, en una espiritualización de los sentidos: la profundización de la realidad por medio de la razón -la ciencia-.

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