Primera parte
DE LAS COSAS
PRIMERAS Y ÚLTIMAS
1.
Química de los conceptos y sentimientos. Los problemas filosóficos adoptan ahora de nuevo en
casi todos los respectos la misma forma de pregunta de hace dos mil años: ¿Cómo
puede algo nacer de su contrario, por ejemplo, lo racional de lo irracional, lo
sensible de lo muerto, la lógica de la ilógica, la contemplación desinteresada
del querer ávido, el altruismo del egoísmo, la verdad de los errores? Hasta
ahora la filosofía metafísica soslayaba esta dificultad negando que lo uno
naciese de lo otro y suponiéndoles a las cosas valoradas como superiores un
origen milagroso, inmediatamente a partir del núcleo y la esencia de la “cosa
en sí”. Por el contrario, la filosofía histórica, que en absoluto puede ya
pensarse separada de la ciencia natural, el más joven de todos los métodos
filosóficos, ha constatado en casos particulares (y esta será presumiblemente
en todos su conclusión) que no se trata de contrarios, salvo en la habitual
exageración de la concepción popular o metafísica, y que en la base de esta
contraposición hay un error de la razón: según su explicación, no hay, en
rigor, ni una conducta altruista ni una contemplación completamente
desinteresada: ambas cosas no son más que sublimaciones en las que el elemento
fundamental aparece casi volatilizado y sólo a la más sutil observación le es
factible todavía comprobar su existencia. Todo lo que necesitamos y que sólo
gracias al nivel actual de las ciencias particulares puede sernos dado, es una química de las representaciones y los sentimientos
morales, religiosos, estéticos, lo mismo que de todas esas emociones que
vivenciamos en nosotros en el grande y pequeños trajín de la cultura y de la
sociedad, e incluso en soledad; ¿y qué si esta química llevara a la conclusión
de que también en este ámbito los colores dominantes se logran a partir de
materiales viles, incluso menospreciados? ¿Tendrán muchos ganas de proseguir
tales investigaciones? A la humanidad le gusta desentenderse de las cuestiones
sobre origen y comienzos: ¿no debe estar uno casi deshumanizado para sentir en
sí la propensión opuesta?
Comentario.
El presente aforismo promueve la visión de que las
grandes representaciones y sentimientos humanos, junto con las categorizaciones
–de opuestos- que sobre ellos se establecen; no son absolutos que surgen de
una realidad metafísica –la “cosa en sí”-
y se instalan inmutables en la vida, sino que devienen dentro de esa vida
misma; formándose gradualmente de elementos más simples que tendemos fácilmente
a perder de vista y que sólo el análisis científico puede devolver a la
superficie.
Análisis que en este caso pertenece a la filosofía
histórica que es –según Nietzsche- una rama joven de la ciencia la cual
tiene como tarea el indagar sobre los orígenes y la formación de las ideas humanas
y de los sentimientos correspondientes que les acompañan.
Es decir, una ciencia
que es para las representaciones lo que la química es para la materia: aquello
que estudia la composición, la estructura y las reacciones de una realidad que va
de lo simple a lo complejo.
Igual que con la percepción de la materia, pasaría con
lo representacional; lo humano se siente cómodo en un mundo a su medida:
A nuestra visión le es familiar un mundo macroscópico
y no un mundo atómico, el agua y no el H2O,
aunque este sea el que contenga la realidad fundamental. A nuestro espíritu y
nuestra moral le fascinan las grandes ideas, las grandes categorías y
sentimientos, aunque estos estén conformados por elementos muchos más simples
donde esos significados se difuminan y pierden aquel esplendor tan caro a su
sensibilidad.
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