13.
Lógica del sueño. Cuando dormimos, múltiples estímulos internos
mantienen nuestro sistema nervioso en un constante estado de excitación, casi
todos los órganos secretan y se ponen en actividad por separado, la sangre
circula impetuosamente, la posición del durmiente comprime ciertos miembros, la
ropa de cama influye de diversos modos sobre la sensibilidad, el estomago
digiere y agita con sus movimientos otros órganos, los intestinos se retuercen,
la postura de la cabeza trae consigo posiciones musculares insólitas, los pies,
descalzos, al no pisar el suelo con las plantas, causan la sensación de lo
insólito tanto como la distinta indumentaria de todo el cuerpo; todo esto,
según cambio y grado diario, excita por su extraordinariedad todo el sistema,
incluida la función cerebral. Y hay casi cien motivos para que el espíritu se
asombre y busque razones a esta excitación. Pero el sueño es la búsqueda
y representación de las causas de esas sensaciones suscitadas, es
decir, de las presuntas causas. Quien, por ejemplo, se ciña los pies con dos
correas acaso sueñe que dos serpientes se enroscan en sus pies: esto es primero
una hipótesis, luego una creencia acompañada de una representación y una
invención figurativas: “Estas serpientes deben ser la causa de esa sensación
que yo, el durmiente, tengo”, así juzga el espíritu del durmiente. La fantasía
excitada convierte en presente el pasado próximo así elucidado. Todo el mundo
sabe así por experiencia con qué rapidez el soñador incorpora a su sueño un
fuerte sonido que le llegue, por ejemplo, campanadas, cañonazos, es decir, los
explica a partir de aquél hacia atrás, de modo que cree
vivenciar primero las circunstancias ocasionales y luego ese sonido. Pero,
¿Cómo es que el espíritu del soñador siempre yerra así, mientras que el mismo
espíritu despierto suele ser tan frugal, cauteloso y, en cuanto a hipótesis,
tan escéptico? ¿De modo que la primera hipótesis de explicación de una
sensación le basta para creer al punto en su verdad (pues durante el sueño
creemos en el sueño como si fuese realidad, es decir, tenemos nuestra hipótesis
por completamente demostrada)? Yo creo que actualmente el hombre razona todavía
en sueños como hace varios milenios razonaba la humanidad también durante la vigilia:
la primera causa que se le ocurría al espíritu para explicar algo que hubiera
menester explicación, le bastaba y pasaba por verdad. (Así proceden aún hoy los
salvajes, según los relatos de los viajeros.) En el sueño sigue operando en
nosotros esa arcaica porción de humanidad, pues constituye los cimientos sobre
los que se desarrolló y en cada hombre todavía se desarrolla la razón superior:
el sueño nos devuelve de nuevo a remotos estadios de la cultura humana y pone a
nuestra disposición un medio para entenderla mejor. Pensar durante el sueño nos
es hoy tan fácil por lo bien que durante inmensos períodos del desarrollo de la
humanidad hemos sido adiestrados precisamente en esta forma de explicación
fantástica y barata a partir de la primera ocurrencia a discreción. En tal
medida es el sueño un desahogo para el cerebro, el cual de día tiene que satisfacer
las estrictas exigencias que la cultura superior le impone al pensamiento. Existe
un fenómeno análogo, auténtico pórtico y antecámara del sueño, que podemos
todavía observar con la mente despierta. Cuando cerramos los ojos, el cerebro
produce una gran cantidad de impresiones luminosas y colores, probablemente
como una especie de resonancia y eco de todas aquellas luces que le llegan de
día. Pero, ahora bien, estos juegos cromáticos en sí informes, el entendimiento
(con la cooperación de la fantasía) los elabora al punto en determinadas
figuras, formas, paisajes, grupos animados. El proceso que propiamente hablando
se produce aquí es a su vez una especie de silogismo del efecto a la causa,
pues el espíritu pregunta de dónde proceden estas impresiones lumínicas y
colores; supone como causa esas figuras y formas; para él son las ocasiones de
esos colores y luces, pues de día, con los ojos abiertos, está acostumbrado a
hallar para cada color, para cada impresión lumínica, una causa ocasionante. También
aquí provee constantemente de imágenes la fantasía, pues ésta las adosa en su
producción a las impresiones visuales del día, y así precisamente opera la
fantasía onírica; esto significa que la presunta causa se deduce del efecto y
es representada después del efecto, todo ello con una extraordinaria rapidez,
de modo que aquí, como ante un prestidigitador, puede nacer una confusión del
juicio e interpretarse una sucesión como algo simultaneo e incluso como una
sucesión inversa. De esos fenómenos podemos inferir cuán tardíamente se ha
desarrollado el pensamiento lógico más incisivo, el discernimiento riguroso de
causa y efecto, cuando todavía ahora nuestras funciones
racionales e intelectivas recurren involuntariamente a esas formas primitivas
de razonamiento y nos pasamos aproximadamente la mitad de nuestra vida en este
estado. También el poeta, el artista, imputa sus humores y estados a causas que
de ningún modo son las verdaderas; en esto recuerda y puede ayudarnos a
comprender la humanidad antigua.
Comentario.
Nietzsche nos explica en un primer momento al sueño
como un fenómeno mecánico, es decir, como un fenómeno producto de los estímulos
físicos del mundo exterior eliminando así cualquier tipo de explicación metafísica
o una existencia psicológica independiente y autosuficiente para el mismo.
Nos brinda pues una serie de ejemplos que todos
podemos fácilmente constatar por nuestra propia experiencia como los casos en
que dramatizamos en el sueño estímulos muy particulares (aquí las correas
tomadas como serpientes). Sin embargo, lo que le interesa a Nietzsche señalar
es el proceso detrás de este fenómeno. Para él partimos del estimulo más próximo
como causa pero inmediatamente en la dramatización esa causa termina siendo
efecto dentro de la historia del soñador. Esto se puede ver claramente en la dramatización
de sonidos exteriores; un campanazo objetivo se plasma en una historia onírica donde
introducimos por ejemplo, una iglesia de la cual deducimos aquel campanazo
quedando así neutralizado su poder de despertarnos.
La causa se convierte en
efecto de una causa supuesta, plástica, narrativa.
Hasta tal punto considera Nietzsche el sueño un fenómeno
mecánico que aventura la hipótesis de que los fosfenos (ecos de lumínicos objetivos
al cerrar nuestros ojos) son como una especie de oleos con que nuestra fantasía
se sirve para elaborar las imágenes que aparecen en el.
Finalmente, se refuerza y desarrolla aquí la idea
expuesta condensadamente en el anterior aforismo (12) de que el sueño comparte
una similitud muy intima con el pensar despierto de los hombres primitivos
quienes tomaban como causas la primera asociación que veían sin preocuparse por
indagar mucho, dramatizaban en mitos los fenómenos de la naturaleza
transformando las causas en ella como efectos de una narración cuyos
protagonistas eran los dioses.
La razón es pues –insiste- una conquista de una
cultura superior. Pasa por la arbitrariedad de las conexiones que establecen
sobre el mundo los primeros hombres; conexiones azarosas como lo son en el
sueño a conexiones rigurosas (causa-efecto) establecidas juiciosamente por el método
científico.
El sueño es por esto mismo una ventana privilegiada a
lo primitivo que aun rebulle en nuestro interior y desde el que se levanta y
despliega la razón.
Resta pues transcribir el reconocimiento de esta idea
por parte de Freud 22 años después en su libro “La interpretación de los sueños”:
“Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de
Nietzsche de que “el sueño continúa un estado primitivo de la Humanidad, al que
apenas podemos llegar por un camino directo”, y esperamos que el análisis de los
sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia arcaica del hombre y nos
permita descubrir en él lo anímicamente innato.”
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