martes, 26 de junio de 2012

(13) HUMANO, DEMASIADO HUMANO.


13.

Lógica del sueño. Cuando dormimos, múltiples estímulos internos mantienen nuestro sistema nervioso en un constante estado de excitación, casi todos los órganos secretan y se ponen en actividad por separado, la sangre circula impetuosamente, la posición del durmiente comprime ciertos miembros, la ropa de cama influye de diversos modos sobre la sensibilidad, el estomago digiere y agita con sus movimientos otros órganos, los intestinos se retuercen, la postura de la cabeza trae consigo posiciones musculares insólitas, los pies, descalzos, al no pisar el suelo con las plantas, causan la sensación de lo insólito tanto como la distinta indumentaria de todo el cuerpo; todo esto, según cambio y grado diario, excita por su extraordinariedad todo el sistema, incluida la función cerebral. Y hay casi cien motivos para que el espíritu se asombre y busque razones a esta excitación. Pero el sueño es la búsqueda y representación de las causas de esas sensaciones suscitadas, es decir, de las presuntas causas. Quien, por ejemplo, se ciña los pies con dos correas acaso sueñe que dos serpientes se enroscan en sus pies: esto es primero una hipótesis, luego una creencia acompañada de una representación y una invención figurativas: “Estas serpientes deben ser la causa de esa sensación que yo, el durmiente, tengo”, así juzga el espíritu del durmiente. La fantasía excitada convierte en presente el pasado próximo así elucidado. Todo el mundo sabe así por experiencia con qué rapidez el soñador incorpora a su sueño un fuerte sonido que le llegue, por ejemplo, campanadas, cañonazos, es decir, los explica a partir de aquél hacia atrás, de modo que cree vivenciar primero las circunstancias ocasionales y luego ese sonido. Pero, ¿Cómo es que el espíritu del soñador siempre yerra así, mientras que el mismo espíritu despierto suele ser tan frugal, cauteloso y, en cuanto a hipótesis, tan escéptico? ¿De modo que la primera hipótesis de explicación de una sensación le basta para creer al punto en su verdad (pues durante el sueño creemos en el sueño como si fuese realidad, es decir, tenemos nuestra hipótesis por completamente demostrada)? Yo creo que actualmente el hombre razona todavía en sueños como hace varios milenios razonaba la humanidad también durante la vigilia: la primera causa que se le ocurría al espíritu para explicar algo que hubiera menester explicación, le bastaba y pasaba por verdad. (Así proceden aún hoy los salvajes, según los relatos de los viajeros.) En el sueño sigue operando en nosotros esa arcaica porción de humanidad, pues constituye los cimientos sobre los que se desarrolló y en cada hombre todavía se desarrolla la razón superior: el sueño nos devuelve de nuevo a remotos estadios de la cultura humana y pone a nuestra disposición un medio para entenderla mejor. Pensar durante el sueño nos es hoy tan fácil por lo bien que durante inmensos períodos del desarrollo de la humanidad hemos sido adiestrados precisamente en esta forma de explicación fantástica y barata a partir de la primera ocurrencia a discreción. En tal medida es el sueño un desahogo para el cerebro, el cual de día tiene que satisfacer las estrictas exigencias que la cultura superior le impone al pensamiento. Existe un fenómeno análogo, auténtico pórtico y antecámara del sueño, que podemos todavía observar con la mente despierta. Cuando cerramos los ojos, el cerebro produce una gran cantidad de impresiones luminosas y colores, probablemente como una especie de resonancia y eco de todas aquellas luces que le llegan de día. Pero, ahora bien, estos juegos cromáticos en sí informes, el entendimiento (con la cooperación de la fantasía) los elabora al punto en determinadas figuras, formas, paisajes, grupos animados. El proceso que propiamente hablando se produce aquí es a su vez una especie de silogismo del efecto a la causa, pues el espíritu pregunta de dónde proceden estas impresiones lumínicas y colores; supone como causa esas figuras y formas; para él son las ocasiones de esos colores y luces, pues de día, con los ojos abiertos, está acostumbrado a hallar para cada color, para cada impresión lumínica, una causa ocasionante. También aquí provee constantemente de imágenes la fantasía, pues ésta las adosa en su producción a las impresiones visuales del día, y así precisamente opera la fantasía onírica; esto significa que la presunta causa se deduce del efecto y es representada después del efecto, todo ello con una extraordinaria rapidez, de modo que aquí, como ante un prestidigitador, puede nacer una confusión del juicio e interpretarse una sucesión como algo simultaneo e incluso como una sucesión inversa. De esos fenómenos podemos inferir cuán tardíamente se ha desarrollado el pensamiento lógico más incisivo, el discernimiento riguroso de causa y efecto, cuando todavía ahora nuestras funciones racionales e intelectivas recurren involuntariamente a esas formas primitivas de razonamiento y nos pasamos aproximadamente la mitad de nuestra vida en este estado. También el poeta, el artista, imputa sus humores y estados a causas que de ningún modo son las verdaderas; en esto recuerda y puede ayudarnos a comprender la humanidad antigua. 


Comentario.
Nietzsche nos explica en un primer momento al sueño como un fenómeno mecánico, es decir, como un fenómeno producto de los estímulos físicos del mundo exterior eliminando así cualquier tipo de explicación metafísica o una existencia psicológica independiente y autosuficiente para el mismo.

Nos brinda pues una serie de ejemplos que todos podemos fácilmente constatar por nuestra propia experiencia como los casos en que dramatizamos en el sueño estímulos muy particulares (aquí las correas tomadas como serpientes). Sin embargo, lo que le interesa a Nietzsche señalar es el proceso detrás de este fenómeno. Para él partimos del estimulo más próximo como causa pero inmediatamente en la dramatización esa causa termina siendo efecto dentro de la historia del soñador. Esto se puede ver claramente en la dramatización de sonidos exteriores; un campanazo objetivo se plasma en una historia onírica donde introducimos por ejemplo, una iglesia de la cual deducimos aquel campanazo quedando así neutralizado su poder de despertarnos. 
La causa se convierte en efecto de una causa supuesta, plástica, narrativa.

Hasta tal punto considera Nietzsche el sueño un fenómeno mecánico que aventura la hipótesis de que los fosfenos (ecos de lumínicos objetivos al cerrar nuestros ojos) son como una especie de oleos con que nuestra fantasía se sirve para elaborar las imágenes que aparecen en el.

Finalmente, se refuerza y desarrolla aquí la idea expuesta condensadamente en el anterior aforismo (12) de que el sueño comparte una similitud muy intima con el pensar despierto de los hombres primitivos quienes tomaban como causas la primera asociación que veían sin preocuparse por indagar mucho, dramatizaban en mitos los fenómenos de la naturaleza transformando las causas en ella como efectos de una narración cuyos protagonistas eran los dioses.  

La razón es pues –insiste- una conquista de una cultura superior. Pasa por la arbitrariedad de las conexiones que establecen sobre el mundo los primeros hombres; conexiones azarosas como lo son en el sueño a conexiones rigurosas (causa-efecto) establecidas juiciosamente por el método científico.

El sueño es por esto mismo una ventana privilegiada a lo primitivo que aun rebulle en nuestro interior y desde el que se levanta y despliega la razón.


Resta pues transcribir el reconocimiento de esta idea por parte de Freud 22 años después en su libro “La interpretación de los sueños”:
“Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche de que “el sueño continúa un estado primitivo de la Humanidad, al que apenas podemos llegar por un camino directo”, y esperamos que el análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia arcaica del hombre y nos permita descubrir en él lo anímicamente innato.”

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