16.
Fenómeno y cosa en sí. Los filósofos suelen situarse ante la vida y la
experiencia –lo que llaman el mundo del fenómeno- como ante un cuadro
desplegado de una vez por todas y que mostrase invariablemente la misma escena;
esta escena, piensan ellos, debe interpretarse correctamente para así inferir
la esencia que ha producido el cuadro, es decir, la cosa en sí, que siempre
suele considerarse como la razón suficiente del mundo del fenómeno. En cambio,
lógicos más rigurosos, tras haber definido nítidamente el concepto de lo
metafísico como el de lo incondicionado, y por ende incondicionante, ha puesto
en tela de juicio toda conexión entre lo incondicionado (el mundo metafísico) y
el mundo que nos es conocido, de modo que en el fenómeno no aparece de ningún modo
la cosa en sí y ha de impugnarse toda inferencia de ésta a partir de aquel. Pero
ambos bandos pasan por alto la posibilidad de que ese cuadro –lo que vida y
experiencia significan ahora para nosotros hombres- haya devenido paulatinamente,
más aún, de que todavía esté completamente en el devenir y, por tanto, no
deba ser considerado como dimensión fija a partir de la cual cupiera hacer o
siquiera impugnar una inferencia sobre el autor (la razón suficiente). Porque desde
hace milenios hemos mirado el mundo con pretensiones morales, estéticas,
religiosas, con ciega inclinación, pasión o temor, y nos hemos abandonado a los
vicios del pensamiento ilógico, ha devenido poco a poco este mundo tan
maravillosamente abigarrado, terrible, profundo en significado, lleno de alma;
ha recibido colores, pero nosotros hemos sido los coloristas: el intelecto
humano ha hecho que el fenómeno apareciese e introducido sus erróneas
concepciones del fundamento en las cosas. Tarde, muy tarde, recapacita; y ahora
el mundo de la experiencia y la cosa en sí se le aparecen tan
extraordinariamente distintos y separados, que impugna la inferencia de aquél a
éste o reclama, de un modo espantosamente misterioso, la renuncia de nuestro
intelecto, de nuestra voluntad personal, para, deviniendo esencial,
llegar a lo esencial. Otros en cambio han recogido todos los rasgos
característicos de nuestro mundo del fenómeno –es decir, de la representación
del mundo urdida a base de errores intelectuales y transmitida a nosotros por
herencia- y, en vez de denunciar al intelecto como culpable, han inculpado a
la esencia de las cosas como causa de este carácter efectivo, muy inquietante,
del mundo, y predicado la absolución del Ser. Con todas estas concepciones se
rematará de modo definitivo el proceso continuo y arduo de la ciencia, que un
día celebra por fin su triunfo supremo en una historia de la génesis del
pensamiento cuyo resultado acaso pudiera resumirse en esta tesis: lo
que ahora llamamos el mundo es el resultado de una multitud de errores y fantasías
que fueron paulatinamente naciendo en la evolución global de los seres orgánicos,
concrescieron y ahora heredamos nosotros como tesoro acumulado de todo el
pasado; como tesoro, pues en él estriba el valor de nuestra humanidad. De este
mundo de la representación la ciencia exacta no puede de hecho desligarnos –aunque
esto tampoco sea en absoluto deseable- sino en pequeña medida, por cuanto no
puede quebrar esencialmente el yugo de hábitos ancestrales de la sensación;
pero sí puede, muy paulatinamente y paso a paso, ir aclarando la historia de la
génesis de ese mundo como representación, y a nosotros elevarnos,
momentáneamente al menos, por encima de todo el proceso. Quizá reconozcamos
entonces que la cosa en sí merece una risotada homérica: que tanto, aun todo,
que parecía, y, propiamente hablando, está vacía, a saber, vacía de
significado.
Comentario.
El presente aforismo retoma la idea central del aforismo
2:“el pecado de los filósofos es la falta de sentido histórico”.
Así
como allí se decía que los filósofos erraban al tomar el hombre y el presente como datos eternos y como verdades absolutas. Aquí se nos repite la misma idea diciéndonos que los
filósofos “suelen situarse ante la vida y
el mundo como ante un cuadro desplegado de una vez por todas y que muestra la
misma escena invariablemente”.
Nietzsche reconoce dos bandos; el primero, el de los
metafísicos que creen firmemente que observando a los fenómenos con atención –al
mundo como representación- se podría llegar a intuir la cosa en sí que es su razón
suficiente. Mientras que el segundo, el de los lógicos afirma que la definición
misma de cosa en sí, niega toda posibilidad de intuición de la misma.
Unos y
otros sin embargo, creen en un mundo estático, de ahí que lidien con el
concepto de razón suficiente ya sea afirmándolo o negándolo.
Una tercera posición –en la que se ubica Nietzsche- concibe
al mundo como devenir, en constante formación y por lo tanto, como realidad
autosuficiente.
Como “devenir” nada puede decirse de él de forma absoluta. Ni se puede negar o afirmar una "razón suficiente" fuera de él.
Al filosofar histórico que es concebido como el fruto
de una ciencia madura, le es definida entonces su misión aquí; realizar la
historia de la génesis del pensamiento, es decir, la historia del mundo como
representación; alcanzar paulatinamente la depuración del exceso de
colorido, de significados, de fantasías, de errores.
Eso sí –nos advierte Nietzsche-,
sin la pretensión de alcanzar un purismo total ya que el valor de lo que ha sido
la humanidad, lo que es lo humano, se alza de ese mismo mundo de colores, significados,
fantasías y errores, pues nada existe fuera de él.
Es la misma idea que se nos
expuso en el aforismo 11 en el que también se nos advierte que a pesar de
que nuestro leguaje está contaminado de muchas suposiciones falsas, nuestra razón se
ha alzado desde el mismo y no se puede alcanzar una depuración absoluta sin
afectar íntimamente lo que hemos llegado a ser.
La ciencia es pues, una conquista siempre postergada,
ya que se erige desde muchos de los errores que intenta combatir. Su proceder
debe ser por tanto paulatino.
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